Y con esto, damas y caballeros, se cierra el arco de presentación. ¿O acaso creíais que sólo existían las Conciencias de Adrián?

Desde el principio tenía muy claro que no habría sólo dos Conciencias. Es una de las normas que rigen el Mundo de las Conciencias: cada humano tiene la suya. Os confesaré, sin embargo, que no me he decidido a empezar a publicar hasta no saber que era capaz de dibujar esta tira en particular: necesitaba saber si podía plasmar el Mundo de las Conciencias, o si no esto no iba a ninguna parte.

A partir de aquí, la trama se complica, gente. Porque ahora tenemos más Conciencias, y eso significa que ya no vamos a ver sólo a los dos Adrianes debatiendo sobre si tocarle el culo a la morena o no… Ahora la morena también juega.

Tomad asiento.

 

 

 

(¿me lo parece a mí, o es la tercera vez en lo que va de cómic que os pido que os sentéis?)

↓ Transcript
Pletórico y triunfante, Adrián sale corriendo del instituto bajo la extrañada mirada de un compañero, los brazos en alto y berreando cual histérico.
"Déjame adivinar: ha aprobado", aventura la voz de su Mala Conciencia.
"Lo consiguió", responde su Buena Conciencia.
"Lo conseguiste tú, cabrón".
"Nah, yo sólo he ganado el último asalto. En realidad ha sido un empate".
"No seas blando conmigo", protesta Malo mientras Adrián saca el móvil del bolsillo y empieza a hablar con alguien. "Has ganado, ya está".
"Haz las cuentas", responde Bueno.
Malo guarda silencio durante unos segundos mientras suma los puntos de cada uno, para finalmente sentenciar: "... lo has hecho aposta".
"Nop", replica Bueno, mientras Adrián (ya en casa) se ducha (vemos su silueta lavándose el pelo tras la cortina).
"Venga ya", protesta Malo.
"A ver, me mola empatar, ya lo sabes", contesta Bueno, "pero si lo fuerzo no tiene gracia".
Adrián, ya fuera de la ducha y vestido con una camisa de verano, las gafas sobre la cómoda, se peina frente al espejo.
"Bueno", dice Malo, sin terminar de creerse las palabras de su hermano. "Se va a celebrarlo. ¿Vamos?"
"Nah·, responde Bueno, y por primera vez vemos la silueta de su mano asomarse por la viñeta, agarrando una anilla que pende de lo alto. "Al final se ha portado bien..."
... y tirando de la anilla, Bueno baja la persiana, con lo que perdemos el mundo de Adrián de vista para ver a las Conciencias en plano por primera vez. "Una buena acción merece recompensa", prosigue Bueno. "Que desconecte un rato. Se lo ha ganado". Bueno sonríe, orgulloso, pero la mirada de Malo muestra algo de decepción (no sé vosotros, yo creo que quería ir de fiesta).
"Y qué coño", añade estirándose con una sonrisa mientras ambos caminan hacia la derecha, "nosotros también nos merecemos desconectar un rato. Pasarse la vida cambiando el mundo es agotador".
Este comentario despierta una mirada de asombro en Malo. Así que, mientras Bueno camina con una sonrisa de satisfacción y las manos a la espalda, Malo le sigue clavándole unos ojos cargados de incredulidad. Caminan un rato en silencio hasta que Bueno se da cuenta.
"¿Qué?", pregunta.
"Cambiando el mundo", responde Malo cruzándose de brazos en gesto desaprobador.
"Sí, ¿qué pasa?", replica Bueno encogiéndose de hombros".
"No, nada, hermanito", contesta Malo abriendo una puerta y cediendo el paso a Bueno. "Te ha quedado muy noble, y tal, pero..."
Ambos cruzan la puerta y salen de casa. "... es un mundo muy grande para arreglarlo entre sólo dos conciencias", concluye Malo.
Y lo es, efectivamente. Ante nuestros ojos se despliega por primera vez el Mundo de las Conciencias, todo lo que hay más allá de la casa de nuestros protagonistas. En tonos de rojo y azul, vemos un tranquilo barrio residencial, edificios bajos de dos o tres plantas, tras los cuales se alza una vasta ciudad de enormes torres y rascacielos hasta donde alcanza la vista. Dos construcciones llaman la atención: un claustro formado por arcos de piedra rojiza, coronado por una cúpula de tejas azules y con una gigantesca aureola dorada flotando sobre ella, y una altísima columna de un rojo vivo tocada por dos monumentales cuernos de marfil. El cielo es una tela negra y azul cuajada de estrellas que se funde con unas nubes rosadas, como un permanente amanecer; por encima de la ciudad flotan dos islas: una azul, cubierta por una frondosa vegetación de un vivo verde, en cuyo centro se alza una colosal montaña nevada cuya cumbre está rodeada por un anillo de nubes, y una marrón, con una vegetación del color del fuego y otra tremenda montaña de roca viva de la que se alzan dos picos gemelos.
La ciudad no está desierta, precisamente. Apoyada en la fachada del edificio vecino al de las Conciencias de Adrián, la Buena Conciencia de una chica con coletas lee con tranquilidad el periódico, sin saber que dos pisos por encima su Mala Conciencia, con gesto pícaro y desquiciado, está a punto de tirarle una maceta a la cabeza; en medio de la calle, una enorme y musculosa Buena Conciencia con perilla sostiene un balón de fútbol en alto en una mano, mientras con la otra contiene a una Mala Conciencia mucho más pequeña y escuálida (pero con la misma perilla) que forcejea desesperada intentando quitarle el balón; a la derecha, una acaramelada pareja de conciencias camina cogidos de la cintura: la Buena Conciencia es de un chico con barba, mientras que la mala pertenece a una chica de largos cabellos ondulados.
El Adrián Malo tiene razón. Es un mundo demasiado grande.