¿Veis? ¿¿VEIS?? ¡No soy yo! ¡Son las voces en mi cabeza!

Ahora en serio, la tira que tendría que haber salido esta semana está más que planificada, pero de verdad que no me sale el dibujo. Así pues, la dejamos para la semana que viene. Me gustaría prometer que para el lunes, pero no voy a picar.

Y ya que no os la he tenido para esta semana, he pensado en descubrir ya una de mis cartas: el Privilegio del Autor, el hecho de que el Autor sí que puede ver a sus Conciencias. No os acostumbréis, el común de los mortales sólo se dejan influir sin saber que están ahí, y así pienso hacer que siga siendo en el cómic; pero alguien que escribe y dibuja sobre las Conciencias por fuerza tenía que ser capaz de ver a las suyas, ¿no?

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TRES HORAS DESPUÉS...

En la discoteca, un Adrián en pose dramática, el dorso de una mano cubriéndole los ojos y la otra mano agarrándose el pecho, proclama con gran pesar:

-¡Oh, cielos! ¡Me siento tan puteado, que no quiero recordar nada de esta noche nunca, nunca, nunca, nunca, nunca...!

MIENTRAS TANTO, EN CASA DEL AUTOR...

-... "nunca, nunca, pero que nunca jamás de los jamases" -escribe el Autor en su teclado-. Ea. Yo creo que está bien.

Es entonces, justo cuando acaba de terminar la viñeta de Adrián, cuando una mano de color azul (habéis leído bien: de COLOR azul, en el plano en blanco y negro de los humanos) aparece de repente y le asesta una contundente colleja (que suena, muy apropiadamente, tal que así: "¡¡ONOMATOPEYA DE COLLEJA!!"). El Autor, llevándose una mano a su dolorida nuca, se gira para protestar:

-¿A qué ha venido eso?
-¿En serio? -proclama su Buena Conciencia con los brazos en jarras, mientras su Mala Conciencia se limita a quedarse ahí de pie sin saber muy bien qué hacer-. ¿Una elipsis dentro de una elipsis? ¡Tienes que contar lo que ocurrió! ¡Sin trampas!
-No es culpa mía, jo... -se excusa el Autor-. Tengo la idea en mente desde hace un mes, pero a la hora de dibujar no me sale bien...
-Tomar conciencia de tus conciencias tiene un precio, y son estos sermones -replica su Bueno con un cierto tono paternal-. Te debes a tus lectores, tío. Ya es un milagro que sigas teniendo alguno.
-Aunque hay que reconocer -reflexiona su Mala Conciencia- que esto, como trolleada, estaría bien...

Dicho esto, las Conciencias del Autor se disponen a marcharse con la satisfacción del trabajo cumplido. Pero estamos a viernes y es la última viñeta, así que el Autor comprende que le quedan pocas oportunidades para pedir consejo:

-¡Esperad! Ya voy casi una semana tarde, ¿cómo lo arreglo?
-No sé, tío, haz una tira explicando que no has hecho una tira -sugiere su Mala Conciencia con una sonrisa-. La gente verá que actualizas y no tendrás que hacer ni el huevo. ¡Todo el mundo gana!

Y con estas palabras, la Buena Conciencia del Autor comprende que, pese a ser él quien ha llevado la voz cantante... su hermano le acaba de ganar la partida.